Futbol, comunidad y nación.

Solano Sánchez Edwing Arturo
Antropología Política

Las narrativas que utilizan al futbol como argumento nacional funcionan como un discurso de segundo orden; desplazan la regencia -la nación- a través de una metonimia. En ese desplazamiento, el establecimiento de una cúpula (fútbol = nación) es imposible. Definitivamente el futbol no es patria… a pesar de los desesperados intentos de algunos de sus intérpretes por suponerlo. (Alabarces 2002:27)

El presente ensayo surge de una reflexión de lecturas antropológicas y su derivación hacia una nación invadida de futbol. En este sentido, me pregunto qué papel juega actualmente una selección nacional en un evento deportivo como la Copa del Mundo. No solamente se gana y se pierde, como en las reglas reales, el juego, el simple hecho de tener una selección nacional es trascendente per se. A medida que el mundo se globaliza, la cuestión de las diferencias culturales toma otro lugar. Si la unificación nacional ocurrida en el pasado se mostraba contraria a la preservación de diversidades regionales y culturales, buena parte del mundo está hoy justamente buscando la afirmación de diferencias culturales (Oliven y Damo 2001:17).

Una constante evolución de espacio-nación de manera global es la principal característica de nuestra era. La transnacionalización por los medios de comunicación y la localización propician que gran parte del mundo busque confirmar su identidad. La adscripción que con todos los cambios de la industria han logrado que los equipos de futbol se conviertan en una instancia que no se había considerado como identidad nacional. La conformación de una selección nacional y la distinción de participar en un encuentro mundial crea de manera imaginada una entrada a la modernidad y pertenencia a los niveles altos de los países del primer mundo. Esto quiere decir, que ser competitivo en una justa de alto nivel demuestra competitividad, la legitimidad ante el mundo como nación, que a la vez este nacionalismo construye cuando el símbolo se vende a nivel internacional.

Pero. . . ¿una selección de futbol puede representar todos los electos simbólicos que representa una nación o es sólo una exageración de los medios para provocar pertenencia y unión de manera imaginaria?

Anderson hace un análisis verdaderamente interesante sobre el tópico; su libro Comunidades imaginadas es realmente una obra clave para comprender al nacionalismo en las sociedades contemporáneas. De este ensayo usaremos algunos conceptos para tratar de comprender elementos importantes del nacionalismo que se vive en el futbol.

En realidad, la nación es un producto cultural que surge en Europa a partir del final del siglo XVIII que se constituyó, según Anderson, en una “comunidad política imaginada” (2006 [1983]: 14). Con un enfoque de corte antropológico tomo como punto de partida la siguiente definición: una nación es “una comunidad política que se imagina como inherentemente limitada y como soberana”, “también es imaginada porque aunque los miembros de las naciones no se conocen entre ellos, aun así tienen en sus mentes una cierta imagen de su comunión”.

Lo que provoca la unión entre los grupos son los sentimientos afines, símbolos, emociones, recuerdos, simpatías, antipatías que configuran en el encuentro. Eric Hobsbawm afirma que “la base del nacionalismo de todo tipo era la misma: la voluntad de la gente de identificarse emocionalmente con su nación y de movilizarse políticamente” de la misma manera Weber en su libro Escritos Políticos comenta que “la nación es fundamentalmente una comunidad de sentimientos” (Weber, 1982:207).

Pero qué diferencia hay entre patria y nación; “la patria era el centro de la comunidad real de seres humanos con relaciones sociales reales entre sí, no la comunidad imaginaria que crea un cierto tipo de vínculo entre miembros de una población de decenas” (Hobsbawm 1998:149). Según Hobsbawm el nacionalismo y el Estado aplicaron los conceptos asociados de familia, vecino y suelo patrio a aquellas comunidades reales a las que estaba acostumbrada la gente –aldea y familia, parroquia y barrio, gremio, confraternidad y muchas otras- tales conceptos vinieron en declive por que los anteriores ya no abarcaban, “como en otro tiempo, la mayor parte de los acontecimientos de la vida y de la gente, sus miembros sintieron la necesidad de algo que ocupara su lugar. La comunidad imaginaria de la nación podía llenar ese vacío” (Hobsbawm 1998:149).

Una vez creada la nación se convierte en el modelo hegemónico de organización y control social, pero logra encumbrar en su seno una camaradería horizontal a pesar de las desigualdades y la explotación que siempre existen en todo grupo social. “Nación implica ciudadanía. Si en los imperios o reinos los habitantes eran subdivididos del monarca, en la nación son ciudadanos que se ven como iguales y con una serie de derechos” (Oliven y Damo 2001:19).

Para Anderson existen organizaciones e instituciones administrativas que son capaces de crear “sentido” por sí mismas. Un buen ejemplo de ello sería el “peregrinaje laico o administrativo”. Así, antes de la invención de la imprenta, el peregrinaje a la Meca, a Roma o a Benares, eran los principales generadores de la formación y mantenimiento del sentimiento de comunidad imaginada religiosa. El peregrinaje colateral es el caso de los funcionarios que al desplazarse por el territorio e ir encontrándose con personas que comparten con ellos su mismo idioma y códigos administrativos, van formándose una idea de intercambiablidad dentro del país y de no intercambiabilidad fuera del mismo, condición necesaria para el surgimiento de toda conciencia de comunidad. (Anderson 2006[1983]: 56).

En la copa del mundo, que se lleva a cabo cada cuatro años, los adversarios son seleccionados nacionales. En este caso, lo que está en juego es una competencia entre países en que las comunidades imaginadas se enfrentan con todos los sentimientos que están asociados a los estados-nación. Incluso podría afirmarse que, en este caso, el fútbol pasa a ser una forma lúdica de sustituir a la guerra por un juego con vencedores y vencidos.

Este tipo de peregrinaje fortaleció la idea de nacionalidad convirtiéndose en un tejido real de relaciones personales más que en una comunidad simplemente imaginaria, por el solo hecho de que al encontrarse alejados de la patria. “Cada patriota tenía una conexión personal potencial con los demás patriotas cuando se encontraban” (Hobsbawm 1998:155).

Estas peregrinaciones se viven cada fin de semana en todas partes del mundo, los clubes deportivos citan a los aficionados del futbol “las porras seguirán las huellas de sus equipos y llevarán con ellas las miles de voces que se quedan en casa frente al aparato televisor” (Fábregas 2001: 24-25).

“Las instituciones que producen nacionalidad se han deteriorado o han perdido todo sentido. Pasan a primer plano otras formas de nacionalidad, que existieron antes, pero nunca como hoy cubren todos los vacíos de creencia. En el estallido de identidades que algunos llaman posmodernidad, el futbol opera como aglutinante: es fácil, universal y televisivo. No es la nación, si no su supervivencia pulsátil. O, quizás, la forma en que la nación incluye hoy a quienes, de otro modo, abandona” (Alabarces 2001:15).

El fútbol funciona a través de un sistema de lealtades, cuyo mecanismo puede ser comparado al del amor por la región o al país. Pertenecerle a un país significa serle fiel, sentimiento que a veces es llamado patriotismo. Negarse a luchar por el propio país significa deserción, crimen que en tiempos de guerra es castigado con la muerte. Pertenecer a un club significa serle leal, estableciéndose una relación analógica. Vibrar cuando el club gana, sufrir resignadamente cuando pierde (Oliven y Damo 2001:22).

Debe enfatizarse que el futbol no es la causa sino un medio para la movilización social. No es el futbol lo que produce la integración en una sociedad fragmentada, sino la necesidad del desarrollo del apego o pertenencia, imposible de lograr en esas circunstancias y con el sentimiento de autoestima en su nivel más bajo.

¿En qué momento se crea una nueva fisura entre la comunidad especialmente en América Latina? cuando “la preocupación por la construcción de una identidad nacional fue una constante en toda América Latina pues se trataba de construir un estado y una nación modernos y que fue la tradición quien acabó proporcionando los símbolos principales con los cuales la nación terminaría identificándose…que en el caso de los brasileños pasaron a ser la zamba, el carnaval, el futbol” (Alabarces citando a Ortiz, 2002:46).

Nacionalismo y medios

La televisión ha llevado el futbol a los bares, aeropuertos, hoteles, restaurantes y toda suerte de lugares públicos al rededor del planeta, además de introducirlo a las casas, a los recintos familiares de todos los países (Fábregas 2001:21). Sin la televisión el futbol no habría tenido el impacto que actualmente posee en todo el mundo. A partir de los años sesentas el futbol en México se convierte en el deporte más popular de la nación, logrando llegar hasta los lugares más recónditos del territorio mexicano.

La televisión o la radio, principalmente, han encontrado las mejores condiciones para constituirse en los fundamentales referentes de construcción de imaginarios colectivos masivos en torno a lo político, lo público y los procesos de modernización.(Castaingts 1993:211)

Ciertamente, la novela, al realizar descripciones genéricas de la vida cotidiana, al hablarle a los lectores con una complicidad que los une, etc., fue uno de los primeros medios, capaces para generar la idea de una comunidad que hace las mismas cosas a un mismo tiempo. Según Anderson, el periodismo es un género mucho más ficcional de lo que solemos creer. En una portada de periódico, por ejemplo, suele hacerse referencia a hechos que no tienen ninguna relación directa, es decir, fuera de la contextualización. La arbitrariedad de su inclusión y yuxtaposición pondría en evidencia que la relación entre ellos es imaginada. Imaginación que se basaría, fundamentalmente, en dos hechos: la coincidencia cronológica y la relación entre el periódico, concebido como un tipo de libro, y el mercado, lo que él llamó print-capitalism.

El libro-periódico fue el primer objeto de consumo producido en masa. La lectura de la prensa se convirtió en una ceremonia masiva que tenía lugar cada mañana en un mismo territorio y que contribuía a generar su correspondiente comunidad imaginada nacional. En Latinoamérica la imprenta se vio estrechamente controlada por la Corona y la Iglesia. Con todo, el periodismo ayudó a crear, de manera inconsciente e incluso apolítica, un fuerte sentimiento de comunidad nacional. A pesar de su carácter provinciano, los numerosos periódicos existentes eran conscientes de la existencia de los demás periódicos, llegando a formar, de este modo, una provincianidad interrelacionada de la que parece provenir el doble carácter, continental y provinciano, del nacionalismo hispanoamericano original.

El siglo XIX fue el período en que se eclipsó la comunicación oral cuando se amplió la distancia existente entre la autoridad y los súbditos… Desde el punto de vista del estado la escuela representaba otra ventaja fundamental: podía enseñar a los niños a ser buenos súbditos y ciudadanos. “Hasta el triunfo de la televisión ningún medio de propaganda podía compararse en eficacia con las aulas” (Hobsbawm 1998:150-151). La construcción del lenguaje en la constitución de lo nacional es central, adquiriendo carácter preformativo: si las palabras hacen cosas, ciertos discursos crean naciones y nacionalidades. En esa cultura de masas, primero gráfica y desde 1920 también radical y cinematográfica, la narración de la identidad nacional encontró un amplio y eficaz territorio donde manifestarse.

Los periodistas son los principales constructores de la narrativa heroica, con lo que la operación mitificadora se vuelve un círculo vicioso: inventar un héroe será luego constatar o postular la eficacia de la invención. Pero es en los grandes encuentros como en la Copa Mundial de la FIFA en donde un simple jugador se legitima ante su pueblo salvándolo de la derrota. La transformación de estos en héroes o villanos, en modelos a ser emulados o no, y el cuidadoso análisis de su desempeño, son ejemplos de procesos de producción simbólica de lo nacional a través del examen de las virtudes deportivas. El simbolismo que da el futbol a una necesita del éxito deportivo que vuelva eficaz la representación de lo nacional al igual de héroes que soporten la épica de la fundación histórica.

Lo que torna excitante a un partido de fútbol, lo que hace valer millones en publicidad, es la riqueza simbólica expresada en el todo o en partes específicas del ritual Las relaciones entre los países parecen más armónicas, la supremacía económica de algunos es puesta a prueba, la violencia es contenida por las reglas, en fin, las copas del mundo y los juegos olímpicos ritualizan un mundo que solo existe en tanto realidad simbólica (Oliven y Damo 2001:22).

Con el futbol llegó también la mercancía futbolera: ropa y atuendos en general, que colocan a los jóvenes en la moda del resto del país. El futbol se ha posicionado como un símbolo de símbolos para mostrar la nueva etapa de la introducción de Chiapas a la modernidad mexicana. (Fábregas 2001: s/n)

¿Existe un vacío simbólico? Este vacío materia, por que determina condiciones de vida cotidiana harto difíciles, significa a la vez un vacío simbólico, porque implica el escamoteo de un discurso que volvía a los sujetos pueblo, y en esa operación los volvía ciudadanos. Hoy esos sujetos son simplemente consumidores. Consumidores materiales, en el caso de cierta precaria adherencia los mantenga adentro del consumo; simbólicos, universalmente, por la acción de los medios de comunicación, pero en una operación que señala simultáneamente sus posibilidades –(todos podemos ser narrados por los medios) y sus límites: pocas voces tiene acceso al festín de la representación.

Exigir el conocimiento de una identidad propia significa expresar una indiferencia. Las identidades son construcciones sociales formuladas a partir de diferencias reales o inventadas que operan como signos diacríticos, esto es, signos que confieren una marca de distinción (Oliven y Damo 2001:17). Pero lo es también que la consolidación del futbol como fenómeno universal se debe a su capacidad para generar un sistema de símbolos que apuntalan la formación de comunidades de identificación, el paso de la identidad a la identificación y la integración de la diversidad. El consumo de símbolos que podemos encontrar en gorras, banderas, camisas son ahora esa parte unificadora de la comunidad futbolera.

Las derrotas de la selección nacional son situaciones particularmente propicias para hablar sobre el “alma nacional”. ¿Por qué perdemos? Es la pregunta que todos se hacen, exigiendo una respuesta.

El día en que México gane la copa del mundo, será cuando su estructura política mejore en pro del país, cuando nuestros hijos no vengan al mundo desnutridos, cuando los niños que asisten a las escuela lleguen desayunados, cuando la educación física deje de ser una materia más que cursar. En fin es un cambio de estructura política.

 

Bibliografía

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