Democracia y Medios de Comunicación

Constantino Ventura Arrezola

Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Veracruzana y Maestro en Administración Pública por el Instituto de Administración Pública de Veracruz. Docente investigador de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación de la UCC.

De confirmarse el axioma que establece un vínculo indisoluble entre la idea del acto comunicativo con la génesis de cualquier sociedad, y si vamos más allá de esta visión inicial y asumimos que la democracia se fundamenta en la posibilidad de que exista un debate plural y racional entre los integrantes de los grupos humanos (desde la polys griega de Aristóteles hasta el pensamiento posmoderno de Vattimo), estaremos en condiciones entonces de entender por qué el tema de los medios masivos de comunicación resulta esencial en nuestra época para comprender el desarrollo democrático en las sociedades contemporáneas.

El estudio del papel de los mass media en la sociedad es un elemento relativamente nuevo en el ámbito de las ciencias humanas, puesto que su análisis tiene que ver con una preocupación que surge hace poco menos de un siglo con el advenimiento de las nuevas tecnologías de la información -léase los medios electrónicos de comunicación- y el uso adecuado o inadecuado que de ellas pudiera hacerse. En las primeras etapas, en el fondo de muchas de esas reflexiones subyacía un temor a toda suerte de manipulaciones autoritarias, ejemplificadas desde siempre en aquel ente mediático conocido como "Big Brother", producto de las preocupaciones anti totalitarias del escritor George Orwell. Esas primeras aproximaciones apocalípticas dieron un sesgo negativo al análisis del papel de los medios masivos de comunicación que aún hoy es difícil desterrar en muchos estudios sobre las dicotomías comunicación-gobierno y comunicación-democracia.

Ajeno a ese afán condenatorio, este ensayo propone revalorar la importancia de los medios de comunicación como instrumentos para impulsar y consolidar regímenes democráticos, así como para fortalecer el libre tránsito de las ideas y consolidar sociedades no totalitarias.

Si como bien establece Sorensen (1998, p. 12) la libertad de expresión es uno de los requisitos fundamentales para hablar de democracia, resulta esencial entender que es en los medios masivos de comunicación donde se puede dar en la actualidad ese espacio para la reflexión política, ante la imposibilidad de que todos acudamos a la plaza pública, como en la Grecia Clásica, para intentar resolver las problemáticas y los desafíos de las sociedades actuales.

Woldenberg (2003, p.1) acierta cuando comenta que "en las sociedades modernas, la política y el ejercicio de la democracia son inconcebibles sin el concurso de los medios de comunicación". Los hechos en todo el mundo confirman que este tema es sustancial para la salud de las democracias modernas. Aún cuando existen actores políticos tradicionales que muestran reticencias ante esta realidad que ha llegado para quedarse, lo cierto es que no se puede eludir la fuerza constructiva o devastadora de estos elementos en la esfera pública. Desde la óptica sistémica, los medios de comunicación se han convertido en muchos sentidos en los mediatizadores, en la correa de transmisión de las ideas, propuestas y hasta de lo que ocultan los hombres y mujeres de la acción política frente a los ciudadanos.

Harold Laswell (Mattelart y Mattelart, 1997, p. 28), allá por 1927, al estudiar las técnicas de la propaganda y a los medios de difusión como herramientas para la gestión gubernamental de las opiniones, y aún sin tener idea cercana de lo que podrían llegar a convertirse los grandes consorcios multimedia de la actualidad, asentó suspicazmente la noción instrumental de los mass media, y refirió que éstos pueden ser utilizados indistintamente y de manera eficaz tanto para fines buenos como malos.

Así, quienes sólo ven en los medios masivos de comunicación la personificación misma del mal (como una representación maligna <em>per se</em>) se hallan en realidad exhibiendo atribuciones intelectuales limitadas para explicar cómo funcionan los sistemas sociales y políticos en las colectividades modernas, y para entender que la realización de generalizaciones es, en muchas ocasiones, poco afortunada.

La mayoría de estas críticas han estado focalizadas en el papel de la televisión, al ser éste el medio de comunicación que domina el espectro de las comunicaciones masivas en la actualidad. Más allá de las preocupaciones y suspicacias que despertaron en su momento los diarios impresos, el cine o la radio, la televisión se ha convertido desde su aparición en el centro de los debates y la descalificación, lo mismo por su papel como gran aparato de entretenimiento que, en contrario, por su labor educativa al ser utilizada como instrumento didáctico en propuestas pedagógicas y de educación masiva, como la de la Tecnología Educativa.

Las referencias y la bibliografía en este sentido abundan. Hallamos así posturas y preocupaciones que abordan la contraposición de la deseable Galaxia de Gutenberg versus la omnipresencia de la imagen (como en el Homo Videns de Sartori) hasta reflexiones que señalan el peligroso retorno a un culto de la imagen y la personalidad, en detrimento de las ideas políticas (Swanson, 1995).

Cuando se critica con ostensible nostalgia que ahora los procesos de modernización parecen inducir a los gobiernos, instituciones y procedimientos políticos a adaptarse a los formatos y criterios de los mass media, conduciendo con ello de manera inevitable a la construcción de una democracia centrada en los medios (Swanson, 1995), lo que parece criticarse no es en esencia la participación de los medios masivos como difusores y factores del sistema político, sino el peligro que parece verse en las nuevas formas de hacer política.

Los señalamientos parecen denotar así una incapacidad de adaptación de cierta clase de políticos para hacer de estos elementos un factor eficaz para la recomposición de las esferas del poder público. No obstante, es precisamente en las apreciaciones de esta crítica donde pueden hallarse puntos de anclaje y referencia para este análisis.

En principio, debe señalarse que no se plantea defender la pertinencia de una democracia centrada en los medios, esclavizada al rating o a los niveles de popularidad como estas aseveraciones dejan entrever; sino reconocer el papel instrumental de los mass media para concebir una cultura democrática que transite del presupuesto mínimo que representan las elecciones libres hacia la socialización de las libertades y obligaciones ciudadanas que implica un verdadero régimen democrático (O´Donell y Schimtter, 1994, p. 28).

Si bien es cierto que hasta ahora cotidianamente asistimos al desempeño de medios de comunicación que anteponen el interés mercantil al interés social y democrático -hecho bastante entendible si partimos de la realidad de que en su gran mayoría estas organizaciones son entes de interés privado-, también lo es que gracias a la ampliación de las libertades de información y expresión y al ejercicio que de ella hacen periódicos, radio, televisión y cine, poco a poco se transita hacia un ámbito de mayor transparencia, en el que la competencia exige mayor profesionalización, capacidad de análisis y posibilidad de explorar nuevas formas de relaciones sociales y políticas.

Es innegable que las transformaciones culturales que de manera acelerada se han presentado durante las últimas décadas están relacionadas con esta apertura hacia una más amplia circulación de las ideas. Es evidente también que no es posible establecer una relación directa de causalidad entre uno y otro hecho, aunque tampoco podría calificarse como simple casualidad la mayor apertura de libertades y el tránsito a estadios de mayor participación ciudadana en las decisiones políticas.

Habría que ir planeando de manera imaginativa, cómo aprovechar mejor las capacidades informativas y pedagógicas de los mass media para consolidar la democracia representativa, pues como lo señala Esteinou (2004, p. 2) hoy los medios son el epicentro de una nueva atmósfera cultural y en muchas ocasiones "centro político, la nueva plaza pública y los grandes cerebros colectivos que dirigen la sociedad" (aunque explicado en estos términos pudiese sonar para muchos una aseveración exagerada).

Las nuevas articulaciones deseables entre los medios de comunicación, los ciudadanos y las instituciones de la democracia pasan inevitablemente en principio por una desacralización de la presunta omnipotencia y omnipresencia de los mass media. La primera evolución en este sentido debe partir de un cambio en el concepto bajo el cual hemos etiquetado a estos elementos de socialización y que en la actualidad hace aparecer hasta los más banales e intrascendentes mensajes como elementos de alienación o manipulación.

En segundo término, está la realidad ineludible de la naturaleza mercantil, como ya se ha dicho, de los medios y de la innegable afinidad a intereses particulares o de grupo, de quienes ostentan su propiedad y/o las concesiones de operación. No obstante ello, es posible concretizar estrategias y espacios para hacer de la democracia un producto también deseable y asequible para los propietarios de los medios, en principio, y para el resto de la sociedad en segundo término. En la actualidad, muchos de quienes ostentan la titularidad de los mass media han creído hallar en la democracia una nueva veta para hacer negocios, tal como lo señaló en alguna ocasión Emilio Azcárraga Jean, titular de la mayoría de las acciones del grupo Televisa. Por ello, es importante que todos aquellos quienes ven en la democracia la ruta ideal de convivencia política, aprovechen esas "sanas percepciones" para allanar el camino que permita ampliar el debate, la reflexión y la toma de decisiones.

Por otra parte, algo que deben entender los titulares de las concesiones de radio y televisión y los directivos de los diarios es que, ahí donde se lucha por establecer o ampliar los beneficios de los regímenes democráticos, la sociedad exige a los medios abrirse y recoger la pluralidad real, es decir, ampliar su espectro informativo para mantener credibilidad y aceptación.
Por razones de prestigio, de credibilidad o de mercado, los medios de comunicación están cada día más obligados a actuar como espacios imparciales, sin conceder ventajas o funcionar como voceros de una determinada expresión política; y es esta condicionante la que debe ser aprovechada.

Woldenberg (2003, p. 1) ha señalado certeramente que la era de la globalización obliga a revalorar el vínculo existente entre información y política, ya que en la actualidad, es imposible pensar en política de masas sin el concurso de los medios de comunicación. En este sentido, y sin dejar todo a las comedidas buenas conciencias de los empresarios de la comunicación, es deseable que en la contienda política los medios masivos de comunicación asuman una actitud responsable y equitativa en el tratamiento informativo, en el acceso de los actores políticos a los espacios mediáticos y en la promoción de una cultura democrática que trascienda lo estrictamente electoral.

Lo pertinente es que los medios sean capaces cada día de asimilar más su papel de neutros ejecutores y trabajar para que su actuación ayude a expandir los límites de la democracia en todos los ámbitos de la vida pública. La función mediadora que hoy tienen debe extender sus ámbitos de acción más allá del seguimiento de los escándalos y las descalificaciones, y pugnar por ser vasos comunicantes bidireccionales entre la sociedad y quienes ejercen la política profesionalmente. Los nuevos rumbos que demanda la ciudadanía a los medios masivos de comunicación obligan a transitar por rutas en las cuales la certeza, la legalidad, la independencia, la imparcialidad y la objetividad sean algo más que puntos de referencia y se trasformen en práctica cotidiana obligada.

Algunos autores señalan la necesidad de un esfuerzo mayúsculo para que los ciudadanos perciban a la democracia como un régimen deseable, para que sea proyecto común y realidad; para que se vea como una necesidad que asegure la viabilidad y la convivencia de una sociedad masiva y plural, diversa en lo cultural, social y económico, como la que hoy tenemos.
La democracia, como señala Bobbio (2000), requiere de un esfuerzo extra para mantener sus ideales, aun a costa de reconocer las limitaciones del propio sistema democrático, de las falsas promesas construidas y los imprevistos que se presentan en el tránsito de una sociedad no democrática a una democrática.

La realidad es que, como reconoce este intelectual italiano, el avance ha sido grande, aunque a muchos les cueste reconocerlo. Ahí donde la democracia ha sentado sus reales se goza de un ámbito de mayores libertades, de mayor tolerancia, de alternancia pacífica en el poder y de una renovación gradual y constante de la sociedad a partir del libre intercambio y debate de las ideas.

Para que la democracia florezca y se consolide se debe buscar, como lo señala Held (2001, p. 353), por un lado “la reforma al poder del estado y, por el otro, la reestructuración de la sociedad civil”, incluidos en esta última los medios masivos de comunicación.
En este contexto, resulta fundamental el desempeño que puedan tener los mass media que se encuentran precisamente en la frontera que delimita la acción ciudadana y la del sistema político, y que por lo tanto requiere de una función constructiva y propositiva en todos sentidos. Es deseable que los medios de comunicación asuman las responsabilidades sociales que les corresponden en tanto depositarios de libertades y obligaciones en el régimen de derecho que gozamos.