Forastero y anfitrión. El mito como estructura del relato autobiográfico en hotelería

Alfonso González Damián

Investigador  en  temas relacionados con Turismo y desarrollo social,  ha  impartido  clases en la Licenciatura de Administración de Empresas Turísticas de la UCC

Texto aparecido por primera vez en la revista impresa Km 1.5, número 1, febrero de 2006.

El mito en los relatos autobiográficos

En las historias de vida, como fuente metodológica para la interpretación de la sociedad, se encuentran elementos con la capacidad de estructurar significados relevantes socialmente y que, aunque recogidos del discurso individual, dan cuenta de un sistema de significación pertinente en los grupos sociales, comunidades, colectividades de referencia para el narrador. El papel del investigador social se centra en la búsqueda de los contornos que delimitan tal sistema, dentro de los cuales el narrador ha elaborado su historia, que le dan sentido en el marco social en el que se ubica y le otorgan la posibilidad de, siendo un relato sobre el pasado elaborado en el presente, proyectar su acción futura. A tal contorno, estructura o delimitación es a lo que se denomina “mito” en la sociología de la vida cotidiana. La tarea y reto del investigador, cuando hace uso de relatos autobiográficos, consiste en descubrir esos mitos configuradores del discurso.

El mito, entendido así, no hace referencia a fantasías o creaciones de la imaginación con un carácter épico, sino a figuras simbólicas que hacen comprensible el discurso, las representaciones y las prácticas sociales cotidianas; se trata de ficción construida en el lenguaje desde la praxis social.

En el contexto de la interpretación de relatos autobiográficos, el mito juega un papel mediador entre la memoria individual que refiere a una suerte  de “metáfora colectiva” que conserva y proyecta hacia el futuro la memoria colectiva. El narrador se constituye a sí mismo como actor social mediante el mito, como un elemento importante en el entramado social, pues lo inserta en la historia de la colectividad a la que él mismo se circunscribe. En este sentido, cuando el investigador busca el mito en la narración individual, lo que busca es la forma en que el individuo se presenta como actor en la historia de la colectividad, de su colectividad, de su sociedad.

El mito se transmite a través del lenguaje, es en sí mismo una versión de la realidad, que expresa las normas y valores de determinados grupos sociales y “por su persistencia a través del tiempo crea la ilusión de ser una copia de la realidad” (Lindón, 1999, p. 307).  Su función es conformar la memoria colectiva en la que se sintetiza la cultura de los grupos (Vrancken, 1986). Utilizamos el mito en la vida cotidiana para explicar el mundo, como un modelo radicalmente distinto de los modelos explicativos científico-racionales preferidos en el campo científico. En palabras de Franzke (1989): “Es una forma más antigua de racionalidad que subyace bajo los sedimentos que depositó la ilustración”.

El mito puede ser visto entonces como una mediación entre la experiencia recogida y el relato en el que se rememora la experiencia, de manera que tenga sentido y sea comprendido por quien le escucha. Si bien esto puede ser visto como una distorsión de la experiencia, tiene un gran valor en sí mismo, pues introduce la experiencia relatada en algún conocimiento colectivo que tenga un vínculo significativo con ella (Lindón, 1999, p. 305). Las distorsiones no hacen que el investigador califique al relato como más verdadero o más falso, le permiten identificar a qué mitos o sistemas de significados recurre el narrador para elaborar su relato y circunscribirlo en un marco social en el que se identifica.

En los relatos podemos hallar mitos provenientes de la comunidad o del grupo de pertenencia del narrador, pero también encontramos mitos que hablan de la historia individual. Chanfrault-Duchet (1995, p. 12) propone tres tipos de mitos que movilizan la memoria individual y que se corresponden con tres campos de la identidad: los mitos de la historia del individuo, los de la comunidad y los de la sociedad, que se articulan en las narraciones en una estructura que organiza las distintas secuencias y que en conjunto conforman la “figura matricial” que apunta a expresar un modo de relación con el mundo. Se puede afirmar que tanto los mitos provenientes de la comunidad como los de la sociedad permiten al individuo ubicarse en su contexto social, en tanto que el mito individual juega un doble papel, pues ubica al narrador en una sociedad estructurada antes que él y a la vez lo propone como estructurador de la sociedad, lo presenta como héroe en su propia historia.

De esta manera, en todo relato autobiográfico y, más aún, en toda narración en la que se ponga en juego la identidad de quien elabora el discurso, aparecen de manera velada y a espaldas del narrador y sus espectadores, los mitos y los héroes. Bajo estas consideraciones, he seleccionado un par de relatos que recogí en el curso de una investigación entre 1999 y 2002, en los que pretendo mostrar una aplicación de lo anterior.

Dos generaciones de hoteleros

Los relatos de Sara y Ramón, seleccionados de un conjunto de entrevistas realizadas bajo la metodología de historias de vida tratan sobre las características de la hotelería y de su entrada y desarrollo en la vida productiva y social en una comunidad rural en el Estado de México. Ambos personajes son propietarios de hoteles, madre e hijo (uno de cinco, todos ellos vinculados a la hotelería de la población) cuya relación entre sí y con la hotelería y el turismo en su comunidad es un significativo reflejo de lo que sucede con el resto de la hotelería en el lugar.

Los mitos desde el relato de Sara Domingo

Sara Domingo inició de muy jovencita su trabajo en la hotelería del lugar. Hija de campesinos, sin estudios, a los 12 años ya era empleada de limpieza en el hotel-balneario del lugar, fundado en los años 40 por un empresario de la Ciudad de México, quien con el apoyo de un decreto de zona turística del gobierno del estado y la construcción de una carretera federal, estableció uno de los principales puntos de destino turístico en la entidad mexiquense.
Sara y su marido, comerciante local, fundaron su primer hotel propio cuando ella tendría alrededor de 23 años, joven pero con años de experiencia en el servicio hotelero. Inició acondicionando un sector de su casa para recibir viajeros y proporcionarles alimentos. Tras años de trabajo, viuda, logró establecer cinco pequeños hoteles más en la población, destinados a ser administrados por sus hijos. Fundó, junto a otras mujeres de la comunidad, la casa de la mujer, institución de beneficencia. Aunque ya no administra directamente sus hoteles sigue manteniéndose al tanto de lo que sucede en ellos y de las necesidades de sus nietos.

El forastero benefactor

No es extraño encontrar una transformación del modo de vida en un sitio dedicado por generaciones a la actividad agrícola, a partir del establecimiento de un centro turístico. La construcción de las instalaciones, la dotación de vías y medios de comunicación, así como la apertura del centro vacacional, propiciaron la creación de fuentes de empleo para los habitantes locales y a la vez cambiaron sus estructuras de organización y sus costumbres. A casi 60 años de la apertura del centro vacacional, los habitantes reviven aquellos momentos como tiempos de fundación, como si la historia de la población hubiera iniciado con ello. Quienes aún viven y recuerdan en primera persona aquellos años, como sucede con Sara Domingo, forman parte de esa generación original y la rememoran en la figura de un forastero que llegó al pueblo, como los antiguos conquistadores, a traer el “progreso, el crecimiento y el bienestar para la comunidad”. La figura de ese forastero como benefactor del pueblo aparece en diversos pasajes del relato de Sara. Reproduzco uno de ellos que he considerado significativo:

Usar el baño

“Él (refiriéndose al forastero) nos ayudó mucho cuando construía el hotel, trajo muchas buenas costumbres y nos enseñó muchas cosas, nos enseñó a vestirnos bien en el trabajo pero no nada más eso, sino a cosas que nos servían a todos, a usar los baños por ejemplo, cosa que no se usaba antes. Y otras cosas más”.

Pero el hecho de recordar a una persona como benefactor no tendría por sí misma el carácter mítico que he querido destacar ahora; lo relevante es la configuración que le proporciona al relato de Sara, pues en él, las relaciones con los forasteros se encuentran marcadas por ese símbolo de bondad y filantropía. Como ejemplo traigo a continuación un pasaje en el que Sara habla de la época en que abrió su propio hotel. En él, dice haber recibido ayuda de “unos españoles”, clientes frecuentes de su hotel, forasteros que alabaron su cocina y en los que se vuelve a presentar figura del forastero – benefactor:

Les gustaba mi comida

“Cuando llegaban los señores (los españoles) y poníamos las mesas en el patio de en medio de la casa, porque no era como ahora está, era como teníamos la casa con un patio al centro, allí llegaban los pasajeros y les servíamos la comida. Pero los señores, eran españoles y nos ayudaron mucho, venían seguido porque les gustaba mi comida, venían de México y aunque tenían dinero no se iban al hotel del balneario, a nosotros nos ayudaban…”

Sara pone en juego una sensación más o menos generalizada en su comunidad acerca de la época en que llegara el forastero capitalista, quien fue adoptado como benefactor del pueblo.

Ser anfitrión

En México, especialmente en ciertos sectores sociales, como una muestra de cortesía se acostumbra el ofrecer la casa, como recinto privado que se ponen para disposición de otros, incluso de desconocidos. Frases como “lo esperamos en su casa”, “la casa de usted”, “mi casa que es la suya”, se escuchan con frecuencia sin que necesariamente esto suponga que quien ofrece la vivienda espere que el otro literalmente pretenda hacer uso de ella. Lo que muestra es una fórmula de cortesía, de convención social, que en su trasfondo hace referencia tanto a una disposición franca de apertura hacia el otro, como una posición de generosidad que plantea un juego fuerzas que tienden a revelar una desigualdad, en la que una parte, la anfitriona está por arriba de la otra: “yo poseo bienes que puedo compartir con usted, si usted acepta que no los tiene y necesita de ellos: de mí”. Así, el ser anfitrión adquiere forma como estructura mítica que permite, a través de fórmulas de cortesía, establecer una posición que tiende a destacar las jerarquías sociales. Esto se muestra claramente en el relato de Sara, en diversas secuencias y pasajes, de las que incluyo dos:

Abrir la casa

“En esa época no sabíamos que iba a ser un hotel, por eso no le pusimos nombre, pensamos en abrir la casa para recibir pasajeros, les ofrecíamos la comida. Ya después pusimos camas para los que querían quedarse”.

Sara rememora el tiempo en que iniciaba junto a su marido, las actividades como propietaria de hotel, al que años después llamaron “Hotel Casa Ramón”. Esta denominación, Casa – nombre del propietario, se encuentra de manera repetida en los hoteles del pueblo.

Para Sara está claro que los forasteros son Otros, son ajenos al círculo familiar y de la comunidad local; sin embargo en su relato se presenta como anfitriona:

Cervezas como en casa

“Los tratábamos (a los forasteros) como si estuvieran en su casa, les preparábamos la comida y les poníamos música. Mi esposo traía las cervezas y todos cantaban en el patio. No teníamos permiso para vender alcohol, por eso ellos lo traían y se cerraban las puertas”.

Las referencias a los espacios de la casa en los que convive la familia, como el caso del “patio”, aparecen constantemente como aquellos en los que se interactúa con los turistas, aunque las actividades realizadas no fueran en realidad actividades cotidianas o propias de la convivencia familiar cotidiana.

La fundadora

Los mitos de origen individual o fundadores del yo (Chanfrault-Duchet) que sostienen el relato autobiográfico, para el caso de Sara consisten en la presentación de sí misma en un papel de fundadora, iniciadora de una dinastía de hoteleros en la comunidad. Esta presentación no la hace de manera expresa, sino veladamente en diversos momentos del relato. Sin embargo la clave apareció en el fragmento siguiente, en el que habla de la existencia de una institución de beneficencia llamada “la casa de la mujer” en la comunidad:

La casa de la mujer

“¿Qué más quiere usted que le cuente? ¡Ah!, ¡ya sé! Algo que no le he contado es que yo también fundé la casa de la mujer, fui la primera presidenta. Duró algunos años, pero ahora ya no está. Creo que eso no le ha de interesar mucho, ¿verdad?”

Aquí lo relevante no es la aparición del verbo fundar, que por cierto es la única vez que lo hace en todas las entrevistas, sino el uso del adverbio también y el juego de ambigüedad con el que Sara se presenta en su rol de presidenta, como importante pero a la vez no interesante. Sara se ve a sí misma como fundadora, no por haber organizado con familiares y amigas cercanas una institución, ya que esto no es de tanto interés, sino fundadora de algo más. Ese algo más fue el haber abierto un hotel y que actualmente sus hijos sean propietarios de cinco hoteles más, en la misma comunidad. A la luz de esta declaración clave, es que podemos aproximarnos a una interpretación del relato de Sara como heroína en su propia estructura mítica: “Yo, la fundadora”

Los mitos desde el relato de Ramón Domingo

Ramón es el segundo de los cinco hijos de Sara. Su niñez transcurrió entre temporadas en el pueblo ayudando en el trabajo de la tienda de su padre y períodos de estudio en escuelas – internado de la Ciudad de México. En la juventud decidió dejar el estudio y dedicarse a viajar. Vivió y trabajó en hoteles y centros nocturnos de Acapulco, Las Vegas, Mazatlán, Tijuana  y la Ciudad de México, en la que se estableció un tiempo y comenzó estudios de actuación. Para sostener dichos estudios y en tanto encontraba trabajos en el mundo del espectáculo, se dedicó al comercio de artículos para bares y restaurantes. Esta actividad le permitió adquirir y acondicionar un hotel en la comunidad de sus padres, a la que volvió a la edad de 38 años. Tras un par de fracasos en negocios, vende el hotel y acepta administrar uno de los establecidos por Sara, del que hoy sigue siendo co-propietario y administrador.

El forastero empresario

Me interesa contrastar a través de una secuencia en el relato de Ramón, la imagen que tiene sobre quien aparece como forastero benefactor en el relato de Sara. En el fragmento a continuación, Ramón habla de su relación con los hijos de este personaje y se deja ver la figura trascendental que juega en la comunidad y como detallaré más adelante, en la propia visión de Ramón:

Acapulco de fin de semana

“Íbamos a Acapulco (a 400 Km. de allí) de fin de semana, para ellos no era ninguna dificultad porque su padre fue siempre muy exitoso, le iba muy bien en los negocios pues era muy inteligente. Ellos también, menos que él, pero también buenos para el negocio. (La nota entre paréntesis es mía)”.

Aquí Ramón hace una relación entre distancias, tiempo y recursos para viajar, como atributos de los hijos del empresario, quien es exitoso por ser bueno en los negocios. En múltiples ocasiones Ramón hace este tipo de declaraciones, asociando el dinero, los negocios, con el éxito y la inteligencia. Él mismo marca su vida como un vaivén entre negocios “fallidos” y negocios “exitosos”, se ve él mismo como empresario, sin embargo no necesariamente tan “bueno” como el referente obligado: el forastero capitalista. Esta asociación que aparece en el relato de Ramón era de esperarse, dado el impacto de la inversión en turismo del capitalista local y su imagen como empresario. Si bien he ubicado esta estructura mitológica en un origen local, se halla reforzada por la visión nacional de los negocios como origen y símbolo del progreso. Sin embargo en el nivel social me interesa destacar lo que permite vincular los relatos de Ramón y Sara, hijo y madre, representantes de generaciones distintas, próximas en tiempo y espacio, pero distantes en sus marcos de formación y representación.

Allá en la Ciudad

En la comunidad que va dejando su carácter rural, a partir del incremento de la actividad turística, se tuvo en alto valor la posibilidad de dar educación a los hijos y encontrar en ello un medio para sostener o en su caso superar el crecimiento de los negocios de la familia. Esta idea tiene un origen social y es compartida por amplios sectores de la población nacional, aunque recientemente esto se ha venido modificando. Ramón estudió en internados de la Ciudad de México, algo muy común en la época en la que la educación rural apenas se formaba y era vista como una solución de atención al necesitado, al campesinado, de ninguna manera para quienes estaban “destinados” a ascender en la escala social.

Aquí no había escuela

“Como aquí no había escuela, mis padres me mandaron a un internado en México a hacer la primaria, allá estaba toda la semana. En aquel entonces así se acostumbraba, los hijos estudiábamos en buenas escuelas para prepararnos bien, no veíamos a nuestros padres, pero aprendíamos bien”.

Ramón plantea en pocas palabras la relación “aquí” como ámbito rural y “allá” como espacio urbano: Ciudad de México, a pesar de que entre su pueblo y la capital se encuentran al menos otras dos ciudades y gran cantidad de poblaciones más o menos grandes, todas ellas con escuelas primarias, el hecho de acudir a un colegio y más aún a un colegio con internado, establece un marco simbólico en el que se ubica él mismo, a manera de nexo viviente. En suma, se presenta  a la vez rural y urbano, lo primero por nacimiento y lo segundo por vocación, en una aparente contradicción que sin embargo se manifiesta constantemente en su relato y en el de otros más de su generación en la comunidad. Ramón se separa así de la generación de sus padres, pues ellos serían los rurales y él y los de su generación los urbanos.

Retorno exitoso

En la época en que vivió en la Ciudad de México, Ramón tuvo vinculación con el gremio de los actores de cine y teatro, inicialmente como proveedor de insumos para restaurantes y bares y posteriormente inició él mismo carrera como actor. Aunque breve en tiempo, su paso por este ámbito dejó una huella importante en su memoria, al extremo de que hoy revive aquellos días con orgullo y satisfacción, incluso por momentos exageradamente.

Conocí a Pedro

"... conocí a muchos actores, todos nos relacionábamos en el medio, una ocasión en que fui al sindicato conocí a Pedro, Infante si, y como a él a muchos otros… porque también era modelo, aunque usted no me lo crea, trabajé como modelo de ropa de algunas marcas.  Pero dejé todo eso porque me empezó a ir bien con el negocio y me vine al pueblo”.

Llama la atención que Ramón, por su edad e historia, difícilmente pudo haber coincidido realmente con Pedro Infante el actor. Sin embargo, lo importante no es si la declaración en sí misma es verdadera o falsa, sino su significado en el contexto del relato: el hecho de que Ramón se vea a sí mismo vinculado con figuras importantes del cine y, más aún, que haya decidido dejar aquello porque le iba “bien en el negocio”, hace aparecer en perspectiva un intento por emular al capitalista que, exitoso, inteligente y “bueno en los negocios”, llega al pueblo y establece un hotel. Precisamente eso fue lo que realizó Ramón. En este sentido, construye su identidad a partir de la imagen que él mismo se ha creado del forastero capitalista. Su declaración es consistente con lo que plantea a lo largo de su relato, pues en diversas secuencias manifiesta su gusto por los negocios, en los que sin embargo no ha tenido tanto éxito como hubiera deseado.

Conclusión

Los mitos, en tanto son estructuras que favorecen la construcción de significados sociales, dan sentido a la vivencia individual y enmarcan la experiencia personal. Son utilizados constantemente para poner en relación al individuo en la vida cotidiana aunque esto suceda de forma velada o en el trasfondo de la relación; en este sentido el mito cumple una función que pasa desapercibida para la persona. Esto puede observarse en los relatos de Ramón y Sara, extraídos para este documento.

En ellos se deja ver un choque entre dos formas de entender el mundo, de elaborarlo y de ubicarse en él. Elaboraciones que han sido resultado de historias distintas, en distintas épocas y que hasta podrían pasar por desconectadas, pero al final se observa el vínculo a través de la figura de origen del forastero capitalista-benefactor-fundador, que da sentido a la estructura de los relatos.

La estructura del relato autobiográfico da cuenta de la identidad socialmente construida por cada individuo ubicado en un contexto específico; por lo tanto las estructuras y, especialmente los mitos, dan cuenta de la identidad colectiva de una comunidad particular, en la que el paso del tiempo y el juego de interacciones individuales va conformando una red de significados que cada individuo adopta, adapta o rechaza. En este sentido, los relatos de Sara y Ramón y, particularmente los mitos identificables en ellos, muestran la identidad de los hoteleros de su comunidad, construida desde la relación que se establece con los turistas, los forasteros, ya en el marco de relaciones con el forastero-fundador o en el marco complementario de la relación con el forastero-empresario.

Sara, como vimos, se identifica como fundadora. A imagen de su antiguo patrón, ella funda, crea y da origen. Ella, de manera expresa, TAMBIÉN ES como el forastero. Ramón por su parte, se identifica a sí mismo como empresario, inteligente y hábil en los negocios, exitoso y con la capacidad de iniciar hoteles en su comunidad tras llegar de la ciudad. Él no lo hace de manera expresa, pero se identifica comparado CON el forastero, antiguo patrón de su madre. Ambos hoteleros se identifican desde su alteridad, como espejo en el que se ven a sí mismos, sin la cual dejarían de ser lo que son. En última instancia, ésta es la función estructurante de los mitos.


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