Imposturas de un mito posmoderno: globalización y vida cotidiana

Genaro Aguirre Aguilar

Catedrático de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación UCC, titular de la asignatura en Desarrollo y Régimen de los Medios.

Texto aparecido por primera vez en la revista impresa Km 1.5, número 1, febrero de 2006.

Cuando nos dimos por enterados, el mito ya daba sus primeros coletazos. Con los aires de una modernidad inacaba o tardía -según sea el autor que revisemos-, la ventisca devino construcción de imaginario colectivo, que se objetivó en la emergencia de una ordenanza global, a la cual contribuyera la retahíla discursiva de los juglares posmodernos, quienes comenzaron a promover una nueva visión de lo contemporáneo.

Ni tarda ni perezosa, la globalización -ideología y bandera de un neoliberalismo rampante y hegemónico- pasó a formar parte de sueños, representaciones, signos de una clase media mexicana convencida que en la aprehensión y uso del concepto podría disfrutar de una experiencia casi existencial. Sumarse a la globalización y todo lo que ella representaba o quisiera decir, para las nuevas generaciones ciudadanas, ha sido sinónimo de lo actual, de lo novedoso, de lo cosmopolita.

El vértigo de los tiempos, lo efímero de una vida rentada al mejor postor y la anemia para pensar que aqueja a buena parte de la humanidad, apenas permiten detenerse un instante a observar, a analizar, a comprender, a discernir sobre un fenómeno que exige ir más allá del sentido común y los lugares acostumbrados, desde donde el grueso de la sociedad mexicana –en lo particular-, suele construir sus experiencias de vida y por ende, la lectura de los escenarios en los que se mueve pero igual aquellos que la circundan.

Cual si la leyenda se repitiera, una suerte de hombres de negro (también llamados tecnócratas entre los conocidos) llegaron y nos cambiaron parte de la historia, las costumbres, los hábitos, pero en lugar de encantarnos con espejitos, lo hicieron con un término que traza, esboza, configura, legitima una opción de gobernanza mundial, en la que los Estados nacionales pueden ver cómo se desdibujan sus fronteras, tanto las reales como las virtuales.

La dimensión simbólica que ha alcanzado el término globalización, raya en el relato mítico, al venirse generando tantos dichos sobre ella, que las tantas imágenes producidas por el cúmulo de relatos al calce del término, han logrado un posicionamiento en las representaciones y los imaginarios sociales, que de pronto va de lo fabuloso a lo ordinario, de lo mágico a lo pesadillesco, de la ficción a la realidad.

La polisemia del término mismo, dibuja un sinuoso camino para dimensionar lo concreto y lo fantástico de la globalización. Si bien es cierto se nos dice tiene que ver con un proceso de integración mundial, también resulta una falacia al no poder estar todos por cuestiones culturales, históricas, estructurales, incluidas las geopolíticas; si es común hablar de las oportunidades de suscribir acuerdos para promover el comercio global, la verdad vivida por los millones de desempleados en todo el mundo, muestra un rostro que precisamente niega oportunidades laborales; si se nos ha dicho que sumarnos al proyecto neoliberal es tan “natural” en estos tiempos, el peligro estriba en adoptar esta postura y no reconocer que este fenómeno, estratégicamente, lleva a la desarticulación y la exclusión estructural y social de mucha gente y naciones enteras.

Pensar la globalización en la vida cotidiana, representa percibir y adoptar posturas encontradas. Habrá quien encuentra en ella una jugosa forma de proyectar un futuro en el ámbito de los negocios, como los habrá quienes reconocen en este fenómeno una apresurada coyuntura histórica y mediática que en el fondo es una  impostura tendiente a sublimar estilos de vida, concepciones e imágenes a los que difícilmente todo mundo podrá llegar.

Los paisajes tecnológicos, financieros, mediáticos y urbanos que han venido impulsándose desde todos los frentes práctico-discursivos alrededor de la globalización, buscan garantizar los posicionamientos y la configuración de un imaginario naturalista: “es natural a la historia del hombre mismo, que en este momento vivamos una integración mundial, ya que siempre ha sido así”; lo que representa una acogida peligrosa a un concepto ideológico, garante de un proyecto excluyente y de exterminio de opciones posibles.

Como suele ocurrir, los textos y relatos que acompañan a los discursos de la globalización (aun cuando deberían ser vistos con mesura y reflexivamente, por su incidencia en lo cultural, económico y político), promueven unas ganas, unos deseos que terminan por enceguecernos. Por delante, el signo de lo contemporáneo y posmoderno que trastoca historias colectivas e individuales para producir un cisma al interior y al exterior de lo nacional, donde más allá de hablar de afectaciones a la cultura nacional y a las identidades nacionalistas (esto, por cierto, merecería otro alto en el camino), tendríamos la necesidad de reconocer ausencia de aprendizajes, dominios y competencias para hacer frente pertinentemente a las demandas exigidas por el nuevo orden global.

De fantasías pero igual de quimeras han sido construidas las mitologías desde siempre: de monstruos, dragones, princesas, héroes o gestas épicas. Y aún cuando hoy solemos escuchar o sostener que hemos cambiado en México (incluso ni pasó por algunos países latinoamericanos y otras latitudes), al calor de una modernidad siempre inacaba  en nuestro país, podemos asegurar que de vez en vez, volvemos a caer en ensueños, cuyo velo truculento –más tarde que temprano- terminará por darnos en la cara para volver a las crudas realidades.
En una ciudad como la de Veracruz y su zona conurbada con Boca del Río, cotidianamente se revelan o develan sentires, percepciones y concepciones que construyen experiencias de vida propia de ciudades insertas en el proceso de globalización. En el renglón cultural, recordemos son las ciudades espacios geográficos que se muestran como una densa trama articulada por  trayectorias de vidas, cuyas asimetrías históricas, grupales e individuales, dan al traste con las historias de lo global “para todos y en cortito”. Es decir, la diversidad, los distingos, la pluralidad a través de las cuales se produce la heterogeneidad del todos los días, son un pensum de maneras en que la globalización se vive en lo ordinario y extraordinario, según sea el caso. Basta caminar las calles, observar la movilidad social cotidiana, andar por los espacios que la ciudad ofrece, para observar rostros, vestimentas, andanzas que son envestiduras y trazos vitales, en las cuales las diferencias culturales -con la contundencia de las oportunidades o las biografías familiares por delante- suelen presentarse.

Un caso arquetípico de esto sería el uso de los tiempos libres, de ocio y diversión, donde el sentido de apropiación y las maneras de disfrutar esos momentos residuales en días como los actuales, se diversifican o distancian entre las clases sociales. En ello operan factores económicos, de aceptación y reconocimiento social, los mismos que podemos observar en los distintos rumbos de la ciudad, sean en los rincones, las vueltas de esquina, los espacios de diversión y esparcimiento, sea en lugares abiertos como en los cerrados. Para muestra allí están los centros comerciales, si bien espacios abiertos, lo inalcanzable de algunos servicios dejar entrever una resignificación de la privacidad.

Sostenemos esto en la medida en que una plaza comercial, como sería el caso de Plaza Américas, en su ubicación, el perfil mayoritario de sus usuarios, los capitales económicos, culturales o simbólicos observables en los viandantes que toman por asalto y cual escaparate para el exhibicionismo estos espacios geosimbolizados, inmediatamente coloca a ciertos grupos ciudadanos en las periferias de un reducto arquitectónico en el cual, la diversión y la visibilidad del sujeto urbano, son marcajes de estilos de vida cosmopolita. Cuestiones como las aquí planteadas, se reproducen diariamente: del centro a la periferia, de las mañanas a las noches, de Norte a Sur, del Este al Oeste, cada lugar es apropiado y resemantizado por los usuarios de la urbe, quienes le asignan valores, formas de usos, nomenclaturas, códigos que arropan las territorialidades y los sentidos del ser citadino.

Caso contrario a lo que ocurre en otro tipo de contextos, como el semiurbano y el rural, en los cuales las plataformas tecnológicas, las redes satelitales, la digitalización financiera y comunicacional, permanecen a años luz de sus aconteceres cotidianos. De lo que estamos hablando es que en el campo u otro tipo de contexto afín, a diferencia de la ciudad, la globalización se conoce de oídas, a no ser por el desmantelamiento sistemático de programas de apoyo que oscurece horizontes de oportunidades para los grupos habitantes de este tipo de geografías nacionales. La occidentalización de la vida contemporánea, es un proyecto pensado particularmente para las ciudades, para los contextos urbanos. En la periferia, como parte de un programa de integración eminentemente excluyente, estarían los habitantes de los pequeños poblados; por lo demás, cosa acostumbrada en la historia de nuestro país, pero probablemente más lacerante ahora.

En este contexto, evidentemente estamos ante alternativas y formas de legitimación de experiencias urbanas que tienden a reducir opciones, prácticas de socialización y reconocimiento, de tal suerte que los mapas (reales y cognitivos) que conducen nuestras andanzas e itinerarios en ciudades como Veracruz y Boca del Río, se reconfiguran al ritmo de la moda, de lo efímero, de lo emergente, del aliento del todos los días: la globalización y el trazado de rutas para ser sujetos propios de tales tiempos, cada vez más teatralizan, obligan a papeles espectrales para personificar puestas en escena donde el estilo de vida busca la uniformidad, aun cuando en el labrado de los rostros y cuerpos de nosotros sus habitantes, la policromía junto a la polifonía consignen historias distintas.

Con todo esto, pensar, nombrar y concebir a la globalización como un proyecto que tienda a homogeneizar, a incluir a todos, es un mito, un juego de lenguaje que tiende a invisibilizar alternativas de vida, que esboza un paisaje idílico, pero que estructuralmente suscribe principios de negación y exclusión. Por esto, la pertinencia de ir contra los cantos de sirenas, contra esos voceros cuyas armonías al viento encantan como solía hacerlo el dios Pan o el mismo flautista de Hamelin. Pongamos atención y tengamos la conciencia al servicio del destino mejor y la inclusión colectiva; los ropajes son muchos y debajo de ellos suelen estar lobos, sátiros, medusas (aquí también cabría el coco, el chupacabras y el mismísimo innombrable).

No tengamos temores de volver sobre los pasos para reconocer la historia y tomar en nuestras manos el momento que nos ha tocado vivir. Soñemos sí, pero en proyectos conjuntos, donde reconozcamos que somos tantos y tan diferentes que merece la pena detenernos a pensar en todo esto. Apelemos a la memoria, a aquellos cuentos que tanto nos agradaban o asustaban en nuestros años mozos, para darnos cuenta cómo detrás de toda historia hay quienes contribuyen y tejen esos sueños, esas fantasías o bien los tantos cuentos donde la tenebra es la premisa en la constitución argumental del relato. Asumir una actitud crítica, consciente, reflexiva, incluso apenas imaginativa o atrevida para hurgar en los plexos del texto, seguro representará una ocasión para darnos cuenta que la historia es y podrá ser otra.